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Las horas
Así que Japón estaba muy lejos. Lejos. Atravesando todo un océano, todo un continente.
Para Zara, él era como un especial con doble ración de humus en los establecimientos de comida rápida. Sabroso y barato; caliente al ser servido en la mesa, frío al dar la primera mordida. Y para Zara era algo bueno.
Él no sentía dentro de si nada especial, sobre todo en los días en que fumaba puros y el humo corría hacía la izquierda por el ventanal que buscaba el jardín. Lo cual sucedía siempre. Él ya estaba acostumbrado como Zara, que imaginaba figuras de barcos y estatuas y luego bailaba entre ellas cualquier danza improvisada. Luego podían soñar tranquilos.
Dos veces por semana, cualquier pendejo de cabello negro era alguien a quien había estado esperando durante toda su vida. Porque Zara era pelirroja y leyó hace ya algún tiempo en una revista médica, que las personas de rizos rojos tienden a sentir más el dolor que los de negros, amarillos o azules. Los de él, negros, como los de cualquier otro dentro de los siete días... Porque Zara necesitaba siempre de alguien fuerte para que le cuidara el corazón. Su corazón era frágil y pesado. Sufría de malos humores y trabajaba de formas misteriosas. Era también rojo.
Japón había permanecido aislado durante cientos de años del resto de la humanidad. Sus habitantes eran muy extraños.
Zara leía el diario todas las mañanas con una taza de café. Frío. En la terraza que daba a la calle se bañaba de sol a la vez. Veía a los elefantes pasar. Al terminar cada cosa se daba una vuelta por la ciudad. En el malecón siempre llovía. El boulevard del sur, peatonal, lleno de malabaristas de circo parisiense, payasos. Y los supermercados tan ordenaditos por tamaño y color, muy luminosos. La gente con ojos bien abiertos. La negrura de los bares.
Zara hablaba otro idioma. Parecido pero diferente. Sus zapatos siempre llevaban el aroma de los adoquines de las calles. Le gustaban esos que eran abiertos porque se sentía como descalza y casi casi podía sentir la textura del piso. Cuando alguien le preguntaba porque llevaba los pies sucios todo el tiempo, fruncía el seño. Le gustaban los pies sobre la tierra.
Adoraba el grabado llamado “La gran ola de Kanagawa” de Hokusai, porque nunca en su vida había visto olas tan inmensas y blancas, porque los besos que él le prestaba al amanecer, sobre todo en invierno, Zara los sentía así: inmensos y blancos. A Zara le gustaban los besos. Que la besaran a cada instante de distintas maneras y bocas. Las melodías de fondo que venían acompañando esos instantes. Dos veces por semana volaba, por encima de las cabezas de los otros, una boca que prometía buenos besos y Zara siempre los procuraba. Él no sabía nada hasta encontrarla sentada en alguna esquina agarrada de las manos de un marinero. Cerraba los ojos y así llegaba a la casa, a la cama y rogaba porque Zara llegará pronto. Cuando Zara atrancaba la cerradura de la puerta, siempre a las tres de la madrugada, él no sabía nada, hasta que la encontraba sentada en alguna esquina de otro día con las manos sobre las de algún marinero moreno.
“Luna llena
Reposa en el charco
Parece dormir”
Zara se perdía entre los árboles de las plazas. Su piel se tornaba verde. Aspiraba profundamente el olor de las hojas y se sentía como si estuviese lejos. Lejos. Él veía y no le reprochaba nada, porque le llegaba esa felicidad que ella expiraba a través de los poros. Sonreía, mucho, y ese era su único fin al cargar con el corazón de Zara. Se sentía como en casa. Zara se percataba pasando las manos por sus hombros para terminar reuniéndolas en el dorso con forma de abrazo. Tarde y tarde pensaba en que las geishas usaban unos kimonos costosísimos y llenos de colores. Dejaban una parte del cuello sin pintar como si al sentarse no cruzaran las piernas llevando faldas. Pero así era ella, siempre reaccionando lentamente. Como idiota.
Los domingos a las cinco de la tarde siempre tenía ganar de desbordar su comedia en talium, sin dejar huellas, menos cuando se encontraba cerca de la mar y la brisa que venía de lejos le calmaba las ansias. Se le venían a los ojos las lágrimas guardadas y recordaba cuando de niña le arropaban las mejillas. Su madre cantaba. Su padre le daba otro beso. Porque a Zara le gustaban mucho los besos.
El Capitán Perry obligó al Japón a hablar con los demás. Bien. Ahora sus calles son diferentes y el té sigue siendo parte de una ceremonia.
Algunas mañanas Zara escuchaba desde la pasta canciones de Earl Hines y daba de comer sólo a los peces dorados. Preparaba la primera comida del día, cuando las mañanas parecían mañanas y el sol no quemaba. Él se acercaba al verla detenida esperando. Antes de marcharse la consolaba un tanto, le entregaba el corazón al salir por el umbral de la puerta que daba a la calle. A veces, desde la ventana le cedía un beso que atravesaba todo el salón principal hacia ella. Zara se sentía contenta y cargada. Daba la vuelta y se miraba al espejo, le nacía un pesar, sentía una pena mientras sus cabellos cada vez más rojos… más… le rodaban por los hombros… por el pecho.
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